Apuntes para sobrevivir al aire, de Rocío Cerón
Letras libres

 Por José Manuel Prieto

Una palabra acude a la mente terminado de leer Apuntes para sobrevivir al aire de la poeta Rocío Cerón (ciudad de México, 1972): “aquietamiento.” Un libro colocado en una zona anterior al día poético, aprestándose: “El silencio primigenio, antes de ser nombrada.” Todavía no, todavía no escribo, un minuto más, un instante más.Sorteando el hábito mental, el estorbo de todo lo antes dicho, los muchos libros, el peso de sus hojas en los ojos. Dice por eso: “me despojo.” Frase que cifra toda la intención del poemario: … desprenderse de la inmediatez. Evitar en lo posible la vorágine y lo ocasional para asistir a lo profundo humano.

Los muchos “de” que puntean el texto: “… Nombres que se desmantelan… Desnudez... Máscara desollada… Desatar los nudos…” Para finalmente, en el momento que, concluida la espera, “Hay algo de nupcial entre las ruinas”. El deslumbramiento ante lo nuevo o como vuelto a ver, lo “revisto”.

El aire es la pureza del tiempo: en el vuelo no hay caída sino suspensión. Retengo en las manos unas briznas de pensamiento. Una idea que acoge la resistencia a lo efímero. El aire contradice al minutero, disloca su sentencia y horca: en su invisibilidad móvil, permanente, mueren y resucitan los temblores del hombre. El tiempo, un afincado de la muerte. (“El aire es la pureza del tiempo”).

Vertido todo el hallazgoen unos como protopoemas en prosa. El abandono, conciente en Cerón, de formas más domesticadas: ¿el “verso cincelado”? Escogido el apunte nervioso, “trastabilleo silábico”lo llama, en la (falsa) apariencia de versos sin cuajar.

Rememoro. Los días y las noches, los asaltos de fiebre. La sed. El tiempo derruido y la agonía de la sangre. El pasmo es lo único. Resta la paz y el tiento. Rememoro. (“Rememoro”). Las ráfagas en rojo de lo intuido en su lugar, la absoluta lucidez de quien está del otro lado. Escrito en “mentales, viendo hasta el fondo, imágenes en libre asociación”: “Todos los centavos del mundo en la boca”; “… como si la cabeza pesara infinitas tardes”; “En sus hombros se posa el destino como el aire acariciando la nuca de un condenado a muerte”. En un solo acorde, todo el libro, sin tomar aliento. Arriesgando mucho y saliendo airosa.

Había hablado en otros libros –Basalto, del 2002 y Estas manos, de 1997–, y había volteado a ver por un timbre único en el coro. De entre los jóvenes poetas mexicanos, fácilmente distinguible: la digitación segura, el fraseo cómodo, en plena madurez. La empatía con el lector fácilmente lograda. Abriéndonos ante quien se da de manera tan franca. Claramente entendido queda en qué desnudez se está, y cuán a flor de piel. Un libro breve, un cuardenillo propiamente dicho. Unas instrucciones que hojear de pie, en el umbral, el sol rielando entre sus páginas.

“La palabra es un espejo y el espejo es quien nos mira: ¿Quién eres? ¿El signo que se agita en el cristal o el animal sepultado en tierra bajo una lápida sin nombre?” (“La palabra es un espejo”).

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