La resistencia de la poesía
La Razón

 Por Carlos Olivares Baró

Zambullirse, un riesgo que cuesta caro en estos espacios de banalidades; escribir versos, una lucha con los demonios del lenguaje que nos acechan. (“La poesía es una nebulosa satinada que guarece mi cabeza”.) Hay fronteras teñidas por el odio. Hay silencios que se amalgaman con las dudas. La palabra jadea en las grietas del tiempo y quizás, nos salva: la voz, montura de la fe. La rabia no alcanza: la ignominia sobra. El niño juega a la guerra porque nosotros dibujamos el horror. A mansalva entramos a las presencias. A tientas descubrimos los cuerpos. El espasmo es costumbre frente a la emanación de lodo en todos los rincones. Pesa el rumor y duele la misericordia. Cuando la piedad miró los trazos ya todo estaba destruido: entonces la llovizna no humedeció las raíces y cayeron los signos y se remarcó la obscenidad de las sombras.

Imperio (Motín Poeta/Fonca/Conaculta, México, 2009) de Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972) es un poemario de estallidos: delirios acompasados y nudos que se desatan en trotes para borrar miserias y sellar pactos con los atajos del abrumante desconcierto que nos perturba. Trabajo multidisciplinario que fusiona la música (Bishop), el video (Nómada), la ilustración (Tower) y el diseño gráfico (Pizarro) con la poesía, en una suerte de caja de resonancia visual ( la edición incluye un DVD) que subraya la semántica discursiva de la escritura.

En Basalto (Ediciones sin Nombre, 2002) –Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2000– Rocío abordaba una metafísica de lo ignoto desde la proyección de un habla de “frescuras”, violencias y ardores lingüísticos de arrobado desgajamiento místico (“calcinado el hueso se desploma en el abrevadero de los tiempos/en sus pliegues el rostro oculto del que no tiene nombre/la orfandad colma el silencio”) que pronosticaba una voz poética de riquezas y convicciones estilísticas. Apuntes para sobrevivir al aire (Ediciones Urania, 2005) vino a confirmar lo que ya sabíamos (“No creo en los sonidos del perdón. No hay nada que perdonar. Queda la desnudez de los afectos…”): la obra de Cerón se hizo necesaria en la crónica de la literatura mexicana actual.

Imperio es un libro de absoluta madurez. Conjugación de un lenguaje de armónicos encuentros con los desafíos y conjuraciones que suscriben los azares contemporáneos: “No pesan la luz ni el invierno ni la distancia del olvido/pesan las horas la horca del instante.” El hombre en su desolada penuria intentando sostener la vista frente a los escombros de su orgullo: la poeta ha elegido una inscripción que nos introduce a las páginas de Imperio en los bordes del asombro: “Somos arrastrados por los presagios” (Virgilio).

Las ruinas y el silencio. La ceniza como sed. La orfandad como patria. “La luz vacía. La masa delirante, arrastrada hacía el habitar, hacía tierra de lastras.” Este implorante libro de Cerón es un aviso de cómo “la sucesión de las cosas espléndidas” va destruyendo lo poco sublime que nos queda.