‘Nudo vórtex’, la muerte y el renacimiento de Rocío Cerón
La Capital

  Por Jesús Pacheco

Rocío Cerón

Nacido del cuerpo, de su piel y la de otros, la poeta mexicana define su último proyecto como sonoro, visual y epidérmico.

Cuando se le cuestiona a Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972) cómo fue su primer contacto con la poesía, menciona que fue a través de la pintura.

Lo visual la llevó hacia el lenguaje, según ha confesado. Para ella, la plasticidad de un cuadro de Goya tiene una profunda comprensión del lenguaje de su tiempo. Y desde su perspectiva, la palabra es, a su vez, forma, composición, materia.

Esos vasos comunicantes entre lo lírico y lo plástico, aunados a sus deseos de reavivar una escena poética que veía entumecida allá por el 2003, la llevaron a explorar diversas plataformas para crear lo que ha llamado “experienciasimagoverbosonoras“.

En esa búsqueda ha llevado la poesía a la acción en performances, cofundado colectivos y ha hecho confluir artistas en varios proyectos interdisciplinarios.

A Cerón siempre le ha interesado la articulación de lo oral, la acción, el video en tiempo real, las improvisaciones sonoras… Y se siente especialmente motivada cuando el poema se apodera del espacio en acciones irrepetibles y en las ocasiones en que el poema escrito cobra nuevos sentidos en su diálogo con la imagen y la música.

Por esa interdisciplinariedad se ha referido a esos libros acompañados de lecturas performáticas como proyectos galaxia.

Nudo Vortex, el más reciente, es uno de ellos, pero que a diferencia de sus libros anteriores, nació desde el cuerpo, desde el espacio autoexploratorio de su piel y la de los otros.

“Es un libro que migra desde el pasado profundo en capas, en exploración y búsqueda de las voces que marcan, acrecientan y abisman”, cuenta en entrevista para La Capital.

“Es también un espacio profundamente sonoro, visual y epidérmico.”

Todo conjugado en una escritura procesual que comenzó hace un año en Estudio Arte 71, en la vieja Sinagoga de Justo Sierra 71, a invitación de Berta Koteniuk para intervenir el espacio.

“Ahí, entre las paredes descarapeladas, el moho, los espectros de los muertos, me di cuenta que estaba en pleno cambio de piel y enriqueciendo la voz poética. Sólo dejé que el mundo se me metiera al cuerpo”.

Cuenta Cerón que Nudo Vortex lo detonó lo mismo la propia escritura que esos nudos de agua que, como la memoria, se anudan y desanudan en juegos infinitos.

“El agua es la memoria, la personal y la colectiva, y el libro le habla a un interlocutor que bien podría ser el padre muerto, un amante, una hija, un hombre que está perdido en el mundo; en realidad, el verdadero interlocutor es el lector y soy yo misma”.

Si bien comenzó a escribir el libro entre las ruinas de aquel edificio de Justo Sierra, luego continuó escribiendo tomándole el pulso a los escuchas de las ediciones que hizo de Nudo Vortex. Aunque confiesa que el verdadero viaje escritural lo tuvo durante dos meses en los que debió viajar a Londres y a Varsovia.

“Entre esos vuelos, una gran carga emocional, epidérmica, de giros de 360 grados –y un par de vodkas con pasto búfalo–, y el recuerdo de mi padre muerto y su grupo de rock ‘El ópalo y sus topacios’, en plenos vuelos de once horas cada uno –ida y vuelta, dos veces, 44 horas de intensidad– terminé el libro.

“Salve la vida al escribirlo, me devoré a mí misma y salí de nuevo del fuego”.

Hace unos días, sucedieron la quinta y la sexta presentaciones/actos performáticos de Nudo Vortex, de siete “ediciones” que tendrá en total el poemario. Cerón decidió que fueran siete porque siempre ha trabajado con números, con símbolos, y quiso aludir a los ciclos de siete años en los que se divide la vida: “Este libro representa para mí la muerte y el renacimiento, tanto escritural como vitalmente”.

La versión 5.0, o quinta entrega –sucedida en el Espacio X del Centro Cultural de España–, fue una pieza multiperceptual que conjugó danza con Denisse Cárdenas, música en vivo con cuencos tibetanos y electroacústica a cargo de Daniel Lara y la guitarra eléctrica de Mario del Río Escobedo, todo en diálogo con los visuales de Nómada, compañero de ruta de Cerón desde hace varios proyectos.

Nudo Vortex 6.0 tuvo lugar el medio día del sábado pasado (27 de mayo), y fue una sesión sonora y vocal en Proyecto León 51, un espacio de la San Miguel Chapultepec íntimo y semiderruido –como la Sinagoga.

Lo único que unió a ambas “ediciones” de Nudo Vortex fue la poesía y la voz de Cerón, quien ha seleccionado los espacios según lo que ha querido hacer.

La séptima y última presentación/acto performático/pieza/edición de Nudo Vortex sucederá el viernes 24 de julio en Acapulco, Guerrero, dentro del ciclo “Escritores en verano”, que tendrá lugar en el Centro Cultural Carlos Fuentes.

En la biografía incluida al final de Nudo Vortex, el libro que ha detonado todo lo anterior, Rocío Cerón se describe como una poeta mexicana construida por un shake de películas clasificación B de los 70, poemas diversos de Celan, Villon, Ashbery, Sor Juana, Lezama, Ulises Carrión y Gorostiza junto a obras de Lucian Freud, el Greco, Pipilotti Rist y muchos beats de Mahler, Revueltas, Cage, Gorecki y Depeche Mode.

Y aunque todas esas referencias pueden ayudar a delinear su personalidad poética, o más bien, su la genealogía de su relación con el lenguaje y su musicalidad, Cerón prefiere aludir a un suceso de la adolescencia para explicar su relación con la poesía.

“Casi pierdo la vida a los 13 años, me corté la mano derecha y tengo un nervio implantado que me sacaron de la pierna izquierda, desde el talón hasta la pantorrilla –milagroso talón de Aquiles que me dio vulnerabilidad como fuerza primaria–. Estuve internada en el Hospital de la Luz, dedicado a operar ojos –tuvieron que hacerme microcirugía–, ahí entendí que la herida es ojo, y la herida fue mi ruta hacia la poesía”.

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