Rocío Cerón: Anudaciones anidando
Tierra Adentro

  Por Sergio Briceño González

Rocío Cerón

“Lo inescribible que endurece la Lengua deja el cielo en libertad”, escribió Paul Celan, mientras iba siendo objeto de múltiples estudios (Szondi, Derrida, Bollack) que se aproximaban a su escritura como el entomólogo al insecto. Pero, ¿cómo se endurece la Lengua? ¿Será “junto a mis piedras crecidas con el llanto”, como quería el ucraniano? Para él piedra, stein, equivalía a poema. La piedra, como los versos, va proliferando y puliéndose bajo el efecto del calor y del tiempo, dos ingredientes que animan, entre otros, la poesía de Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972), sobre todo en el Centro Cultural de España, donde instaló su Nudo Vortex 5.0, ejercicio de edición y movimiento que pareciera provenir del estar siendo, del estar existiendo, el Dasein de Heidegger y su dinámica del ser. Pero la lectura, el hecho de reestabilizar el texto, ya estabilizado en la escritura, como ella lo advierte, lo vuelve oral. Por eso a unos cuantos metros de donde tuvo lugar la trenza, el chongo del poema, fue encontrado en el año 2006 el monolito de 12 mil kilos de la Tlaltecuhtli, una deidad que dentro del programa religioso de los mexicas buscaba unificar en una sola entidad por lo menos tres diosas: la chichimeca Itzpapálotl (mariposa), la huasteca Tlazoltéotl (lujuria) y la Cihuacóatl patrona de los sangradores que se adoraba en Culhuacán.

El Mayorazgo de Nava Chávez, sitio donde por accidente un pico dio en una de las puntas de la escultura, está en la otra esquina de la cuadra donde aconteció la lectura de NV 5.0 en la fecha azteca 3 Carrizo-1 Flor-10 Agua (25.06.2015) y fue allí donde se levantaba la deidad mirando hacia la pirámide del Templo Mayor, una estructura en la que compartían espacio Tlaloc y Huitzilopochtli (colibrí zurdo). Con este último, a decir de Michel Graulich, la diosa Tlaltecuhlti tenía comercio carnal cada que se celebraban las fiestas carnestoléndicas de junio, mes en el que, hacia el 24 (día de San Juan) la Tierra vence por fin el imperio del sol. Es el primer día más corto del año. La presencia de la luz solar disminuye en el cielo y da inicio la hegemonía nocturna. Sobra decir que las víctimas de Tlaltecuhtli eran decapitadas para que la sangre brotara con más fuerza y fertilizar con ella el campo, a diferencia de las víctimas de Quetzalcóatl a las que simplemente les arrancaban el corazón.

Esa misma oscuridad de junio mana de los versos de NuVo 5.0 y dota a la poética de Rocío de un emblema: en su escritura oscila aquella primera humanidad que no podía comunicarse entre sí, según el Popol Vuh, porque “emitían voces incomprensibles”. Pero en el núcleo de los poemas o mejor dicho del poema semilla-del-verbo de Cerón, encontramos ese otro sistema, esa otra cáscara o corazón que los alemanes llamaron Kunstsprache: arte dentro de la lengua, habla concéntrica al habla. Los nahuas la designaron como nahualatolli y los mayas como bats ‘il k’op: la lengua verdadera. En nahualatolli hablaban los hechiceros precolombinos, quienes saqueaban tumbas en busca de brazos de mujeres muertas en el parto (uno de los amuletos más poderosos de la hechicería precortesiana). Por eso uno de los versos iniciales de NudV 5.0 busca “desmembrar el objeto en lenguaje hirviente”. Y es por esa lengua dentro de la lengua que podemos comprender “el alfabeto entero en una gota de sangre”. Pero, ¿de cuál sangre?, ¿de reptil o felino, de presa o predador? En respuesta a la aseveración del poeta argentino Arturo Carrera, quien preguntaba “¿padre o pared?”, Rocío reanuda: “Debajo de la palabra ‘padre’ hay sangre”. Y eso lo sabemos quienes hemos empujado el féretro paterno hacia la banda sinfín, nudo de Moebius, que conduce al útero de la pira que lo volverá un puñado de ceniza.

En “Sílabas en una Habitación” aparecerá la voz sibilina de Rocío como si brotara del cuadro de Franz von Stuck, “El pecado” (en realidad tendría que traducirse como La Pecado, porque en alemán Die Sünde, es un sustantivo femenino acaso más próximo a la idea que representa), como si ella y la serpiente de la falta original tuviesen el mismo timbre de voz. De ahí (noche dentro de la noche, a pocos metros de la Tlaltecuhtli, sobre un calmecac) sonarán los tres elementos de la deidad prehispánica, atributos que son enigma y sortilegio en el paladar de la Poeta: “cada noche transformándose, un día rana, otro felino, un día más sobrevoló la noche entera”. El batracio, ser que busca la Tierra pero no sabe respirar, se sugiere en un libro previo de Cerón, “Apuntes para sobrevivir al aire”. Si vas a sobrevivir al aire es porque no sabes respirar, pareciera decirnos en este volumen. El celacanto, que se creía extinto hace 70 millones de años, un día fue descubierto en las costas de Madagascar. Los pescadores de ahí usaban sus escamas, con consistencia de lija, para pulir las cámaras de sus bicicletas. Tienen aletas lobuladas, lo que quiere decir articuladas: codo, muñeca, aleta. Salieron del mar. Aprendieron a “sobrevivir al aire”, supieron que “todo esponsal es tumba”.

Rocío Cerón también aprendió a respirar. Pero su poesía no respira, late, vibra de un modo imperceptible. Es la fijeza del camaleón proyectando de súbito la lengua en forma de brazo y zarpa y sujetando al grillo, cuyo canto no soporta. Es una condición del vacío, de cuyos silencios -dice ella- brota la palabra. Bartrahari, poeta y gramático en sánscrito del siglo quinto d. C., decía que antes de ser dicha, la palabra forma “sfotas”, es decir producciones habladas, unidades lingüísticas dentro de un discurso coherente. Es la contraparte de la shabda o palabra primigenia que trasciende los formatos de lo hablado y escrito para hacerse conciencia de los objetos, algo así como el monumental guión bajo del tercer verso del poema “[Agujeros negros: brochazos de azul Klein sobre muro]” que al terminar, mutado ya en línea recta o semi-renglón (¿símil de la Tierra, avatar del Horizonte?) termina con “hacia la noche”. Nadie sabe qué hubo antes del vocablo “hacia”, aunque se perciba el eco, la vibración de esa cuerda del guión exagerado que es parte de un instrumento musical desconocido, no coherente sino randomizado, pulsátil como el sonido vibrafónico de un teraflop.

Pero, ¿sirve de algo la coherencia? La emoción arruina los poemas, sostiene en otro de sus versos Cerón. Y es así. Lo que resta es el eco de la luz, la música fósil, ese crepitar de lo que no ha nacido y ya es, como los haces intermitentes del videobeam proyectando infinitos dioramas donde la palabra estalla en lascas, agujas, esquirlas, pequeñas aberturas hacia noches mayores, más densas, más profundas. Cuando William Beebe, el inventor del batiscafo, descendió a la noche de los abismos marítimos en la isla de Nonsuch, dijo que hasta ese momento supo lo que es la noche y habló de esos milenios nictográficos intocados por el pensamiento o por el sueño humano. Allá reptan esos “seres de lodo que carecían de entendimiento y no se multiplicaban”, según el Popol Vuh, pero también en los bordados sobre la carne de la oficiante cuando dice (canta): “Océano, sus abismos/ Cuerpos escriben con el movimiento nuevas formas de/ escritura”, del mismo modo en que Firdusi, el poeta de Jorasán nacido en el 935, daba vueltas sobre su propio eje, lanzando versos en cada giro hasta formar, decía, una casa en la cual poderse refugiar y que es la misma casa de “Imperio” edificada en la sección Buan, cuyo significado viene del proto-indo-europeo b’uH y evoluciona desde el término convertirse hasta los conceptos crecer, aparecer, permanecer, endurecer, habitar en irlandés, noruego, sajón y protogermánico.

“La poesía se tiene que bailar”, le dijo Rocío a Nicolás Alvarado dos días antes de la puesta en hilo (¿vilo?) de NVort 5.0, y es verdad, como lo es que la lujuria, esa otra fuerza coreográfica, se convierte en manos de la diosa india Prajnaparamita en la ideal conjugación del modo y el contacto. Es la forma del vacío que Nagarjuna encontró en el no pensar actuando, porque para él “todas las cosas expresables están vacías de su propio ser”. En el Hevajra Tantra encontramos que las vocales son masculinas y las consonantes femeninas, de modo que toda palabra en la poesía de Cerón es también una cópula, entretejida por los nudos del habla, símbolo representado por el arácnido Hevajra, el de las “cejas anudadas”, que abraza a la Señora de la Vacuedad, niña del vacío, en un coito de ocho espíritus simultáneos y tres rostros acolmillados.

En “The complete book of chinese knotting” aparece el Nudo Estelar como uno de los 14 más importantes. Ese, que podría ser el “nudo donde se guarda una constelación”, del verso de Rocío, es también “el lugar del muslo”, el sitio en que convergen tantos organismos microscópicos que terminan formando un nudo, porque ahí, en ese lugar húmedo del muslo habitan micoplasmas, bacilos y anaerobios como el Corynebacterium, la Prevotella, el Proteum integrados en constelaciones donde emulsiona la vida de manera similar al caldo que formó la atmósfera respirable en que vivimos. (En esa biota de una vagina sana también prolifera la Klebsiella que produce la neumonía y corta, de súbito, la respiración). El nudo estelar “no debe apretarse demasiado porque se desbarata”. Los quipucamayoc que inventaron la escritura de nudos llamada quipu distinguían con el color de la cuerda los objetos -la materia- describible y con la forma de los nudos sus acciones o rasgos. Así la colección de trenzados de NoVort 5.0, en cuyos vórtices debemos incluir la versión líquida de ese gemido prolongado que mata momentáneamente con un nudo en la garganta y nos sorprende desnudos y sudando, se encuentra la forma del decir de la Poeta como sacerdotisa en cuya piel convergen la danza imperceptible de la boca, la lengua y el paladar al pronunciar, al nombrar el código bilingüe de un rasgueo de guitarra (cuerda, guión bajo, antepalabra), de un resplandor holográfico o de un baile proyectado, como en el espectáculo expandible de las vecindades del Mayorazgo de Nava Chávez.

Ahí, sobre el calmecac y en el perímetro de la Tlaltecuhtli debía tener lugar la ceremonia con cuerpos -el público- desmadejados sobre puffs rellenos de esferas corpusculares, puntos y aparte, doblepuntos, puntos y comas exiliados de la escritura, de la página impresa, de la hoja en que Rocío iba leyendo al tiempo que giraba sin girar, un acto dancístico que concilia lo dicho por Baudelaire: “La danza es la poesía con brazos y piernas”. Yo agregaría que la poesía de Rocío Cerón nos deja sin fémures y tibias, porque hay un lugar en el inframundo en donde solo podemos iluminarnos haciendo fogatas con nuestros propios huesos, cuerdas, líneas que forman una instalación en el mundo anómalo de Dennis Clegg, el personaje de Raph Fiennes a quien su propia madre llama “Spider”, en la cinta homónima de Cronenberg, y en el de la instalación que a propósito de Nudo Vortex 6.0 se realizó en Proyecto General León 51, consistente en un aro y múltiples mecates evocativos de la escritura inventada por Clegg y puesta en situación sobre las páginas de un cuaderno infantil, túnel y vórtice entre el adulto y el niño, mediado por el verbo esquizofrénico, aquel que niega el diálogo y se vuelve puro selfishness, atributo central de la amante de Hevajra: Dakméma, la Buda femenina.

Está vivo ese rechazo a lo viejo que Rocío consagró (fiel a los dioses y a los hombres) en un fragmento de la Catilinaria 20 de Salustio en que acaba el primer poema de “Imperio”: Contra, illis annis atque diuitiis omnia consenuerunt (para ellos todas las cosas han envejecido con los años). Tantummodo incepto opus est, cetera res expediet (Ahora solamente hay necesidad de empezar, la restante cosa vendrá). Momento en el que “pesa la palabra dicha” como pesaba la Sprachgritte (Lenguacárcel) en Paul Celan. Porque, dice Cerón: “todo nudo es una gota en espera para izarse en un peldaño”, el mismo que Lucio Sergio Catilina buscaba para restaurar el Imperio cien años antes de Cristo, porque “allí se acostumbró por vez primera el ejército del pueblo romano a hacer el amor, a beber, a admirar estatuas, cuadros, vasos tallados, a robar estas cosas privada y públicamente, a despojar templos, a profanar todas las cosas sagradas y profanas”, recuerda Salustio.

La poesía de restauración del Imperio de Rocío está hecha a base de materiales lingüísticos que cumplen con fidelidad la tarea de mantener oculto a los demás el Misterio: “Coloqué vestigios en las aguas (visibles solo a los ciegos)”. Varias capas de lenguaje recubren un núcleo duro vedado a la lógica. Desde que el pelo largo es patrimonio de la hembra humana, la factura matutina del chignon se ha vuelto para ellas un acto epifánico: es el nudo con el que comienza el día en esa “trenza odorífera y castaña” de Efrén Rebolledo, pero también en el saludo que se engancha como nudo en la mano o en la conjunción copulativa &, que entrelaza sentidos o en el dogal donde se apoya la g o en que se crucifica a la palabra México, símil del quincux con el que el arte precolombino simbolizó al ser como víctima de cuatro fuerzas que al crecer lo irán desgarrando hasta alcanzar el equilibrio del centro, del vórtice, del Nudo.

Los versos de Rocío, si es posible sintetizarlos, buscan pues anidar en forma de nudos sobre el estar siendo. Pero en sus nidos, como en los del tiburón Heterodontus, la ooteca debe ser en espiral: para que se aferren al risco y no los arrastre la marea.

*Escucha un poema de “Nudo Vortex”, libro de Rocío Cerón en versión sonora del músico y compositor Mario del Río Escobedo.  

Ver nota en el sitio Tierra Adentro