Diorama de Rocío Cerón
Periódico de Poesía

  Por Sergio Bárcenas Huidobro

Diorama

Léase: sonido.
Léase en voz alta: sonido.
Cierre los ojos, repítase en voz alta: sonido.
Abra los ojos.
Fin.


Ninguna descripción de un diorama alcanza a definirlo exactamente: con su juego de dimensiones a escala, profundidades falsas e ilusión de movimientos es, más que un objeto en el mundo, algo que ocurre en el mundo a través de los sentidos. Es lo que lo forma, pero también lo que representa y lo que sugiere, lo que aparenta y lo que provoca.

Leer “sonido” –o cualquier otra palabra– en silencio solamente explota las posibilidades morfológicas y de significado del vocablo. El nivel fónico, sus potencialidad sonoras, rítmicas y sensitivas quedan veladas para la tradición moderna, la de las sociedades industriales, para el cual lo “literario”  aparece indisociablemente ligado al papel no sólo como soporte físico, sino incluso como vía unívoca de legitimación para cierto pensamiento reduccionista, aquello que no empieza y termina en la hoja impresa o en lo escrito es algo emparentado con la literatura, pero literatura no es. No puede serlo.

Así, la fiebre multimedia y transdisciplinaria de nuestra época podría hacer pasar por vanguardismo radical el divorcio de la actividad poética y la cultura tradicionalmente libresca, pero lo que yace en dichas propuestas es más bien lo contrario: un retorno necesario a la oralidad comunal de la palabra, a la porción sonora de su naturaleza en contraparte a su mitad visual, la hermana dominante.

El cruce de disciplinas, el poema sonoro, las “otras poesías” y el diálogo entre lenguajes soplan el polvo acumulado sobre el carácter ritual, público –otrora religioso– de la poesía, que perdiera la batalla a favor de las sociedades seculares y el carácter íntimo, individual y lineal de lo impreso, que asocia los procesos intelectuales con la vista y los aleja del resto de los sentidos.

Leída en voz alta, ocupando territorios multimedia, la palabra se reintegra a las plazas públicas en medio del ruido urbano, not with a bang but with a whimper. Sale del libro, encuentra oídos, siembra nuevos públicos, dialoga en nuevas lenguas. Se desdobla. Se articula. Forma un diorama.

Diorama es, precisamente, el nombre bajo el que Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972) agrupa la etapa actual de su obra creativa. La página en línea Diorama – Poesía Transversal (www.diorama-poesiatransversal.com), acciones poéticas de sitio en locaciones como el Museo Nacional de Arte y una instalación multicanal homónima, en el Jardín Sonoro de la Fonoteca Nacional e integrada por dos piezas sonoras a cargo de los compositores mexicanos Alejandra Hernández y Luis Alberto Murillo Ruíz “Bishop”.

Son las tres últimas desdoblamientos del primero, que pierde primacía en el conjunto al ser sólo el punto de partida para un discurso transdisciplinar, multi-lenguaje y poliédrico. Éste sólo se completa atendiendo a las diferentes caras del prisma: los poemas impresos dialogan –sin llegar a dominar el diálogo– con el contenido en la red, las piezas de la instalación y el carácter escénico, in situ, de lo presentado en el MUNAL; el carácter cercano al happening de esto último parece hacer eco de una de las líneas recurrentes de las piezas multicanal: “Todo es transitorio.” Si, incluso lo escrito.

Pero de los cuatro ángulos que integran el Diorama de Cerón, probablemente sean las piezas sonoras de Hernández y Bishop las que con mayor facilidad penetran en las posibilidades sensoriales de los textos y las explotan con resultados estéticamente potentes; en ellas el espacio físico (el jardín dieciochesco de la Casa Alvarado, en Coyoacán) se integra al diálogo de forma natural, emparentando sin fisuras a un entorno vegetal, orgánico, con piezas electroacústicas donde predominan las cajas de ritmo, loops, sintetizadores, ambient, recursos acusmáticos y un inteligente sampleo multicanal de poemas en voz de su autora.

Tanto en los 22 minutos –tres piezas– compuestos por Alejandra Hernández como en los 10:40 minutos de Sonata Mandala/Fragmentos de Bishop, las palabras se expanden en dos vías complementarias: por un lado, la lectura de los textos, cargados de imágenes intensamente plásticas lanzadas en unidades breves, casi aforísticas; por el otro, las líneas de esos mismos textos entendidos como unidades sonoras con ritmo, armonía, textura acústica, estructuradas a partir de motivos musicales (“Cortical. Subcortical”, se repite a manera de mantra) y de posibilidades potentemente orales, casi cantadas: “Golpea la puerta, desciende, aprieta; (…) Aguarda la boca una intensa geografía de espigas;/ no carcelero no verdugo no deudor no quien oprime/ el petálico pecho del infante.”

De un lenguaje a otro, del golpeteo acústico al verso libre, del video poema a la edición tradicional, Diorama se integra precisamente en torno a su nombre: a una representación en tres dimensiones y varios niveles que coagula varios sentidos en el tronco de una misma experiencia: caminar con el habla, recitar con los ojos. Diorama termina por formar una sola pieza que se integra y desintegra en cada escucha, a ojos y oídos del ¿espectador? ¿lector? ¿escucha?, un conjunto efímero y sólido que se recuerda a sí mismo, una y otra vez, que todo es transitorio.